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Dimensión Enigma

LA CAPA MALDITA DEL ESTUDIANTE

Una leyenda macabra nació en el Cementerio de El Tejar de Quito

LA CAPA MALDITA DEL ESTUDIANTE
Adrián Cárdenas
Adrián Cárdenas28 de noviembre de 2025
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En el antiguo Quito, donde las calles empedradas guardaban secretos, la figura del estudiante era un símbolo de orgullo. La capa negra, impecable y elegante, representaba disciplina, honor y buena educación. Para Juan, un joven vanidoso que estudiaba en la ciudad, esa capa era lo más valioso que tenía… y también lo que marcaría su destino.

Mientras todos se preparaban para los exámenes finales, Juan solo pensaba en sus botas viejas y rotas. No soportaba mostrarse así ante sus profesores y mucho menos ante las vecinas que criticaban cada detalle del vestuario estudiantil. Sus amigos, cansados de su queja constante, le ofrecieron una solución a cambio de un desafío macabro: ir al cementerio de El Tejar, a medianoche, y clavar un clavo en la tumba de una joven que se había suicidado hacía pocos días.

Lo que Juan no confesó fue que aquella muchacha había sido su novia… y que se quitó la vida después de descubrir su infidelidad. Aun así, su vanidad pesó más que la culpa. Esa noche, trepó el muro del cementerio, guiado por la luz de la luna. Entre lápidas húmedas encontró la tumba. Con manos temblorosas sacó un martillo y un clavo, y comenzó a golpear la lápida mientras murmuraba disculpas que ya nadie podía oír.

Una mano siniestra

Cuando dio el último golpe, un escalofrío le recorrió la espalda. Quiso correr, pero algo lo detuvo con fuerza. Trató de soltarse, pero cada intento lo hundía más en un terror indescriptible. Sintió que algo helado tiraba de su capa… algo que venía desde abajo, desde la misma tumba que había profanado.

Al amanecer, sus amigos, alarmados por su ausencia, entraron al cementerio. Lo encontraron tirado junto a la lápida, con el cuerpo rígido y el rostro congelado en una expresión de horror absoluto. No tenía heridas, no había signos de violencia. Pero su capa —su preciada capa estudiantil— estaba clavada firmemente al ataúd, como si una mano desde dentro hubiera estirado la tela para atraparlo.

Los vecinos no tardaron en asegurar que el alma de la muchacha había reclamado justicia. Los sacerdotes advirtieron que el suicidio dejaba almas condenadas. Y entre los estudiantes, la leyenda corrió como incendio: quien rompe un juramento de amor, quien juega con la vida ajena, quien profana a los muertos… tarde o temprano recibe su pago.

Desde entonces, los jóvenes que cruzan por El Tejar aseguran ver, en algunas noches, una figura con capa negra caminando entre las tumbas. Algunos dicen que es Juan, buscando terminar el examen que nunca presentó. Otros aseguran que es el espíritu de la muchacha, esperando al próximo vanidoso que ose desafiar lo que pertenece a los muertos.

Pero todos repiten la misma advertencia:

Si escuchas un martillazo dentro del cementerio, no mires hacia atrás.

Y nunca—nunca—le des la espalda a tu propia capa.

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