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El terror del Páramo

La leyenda del Guagua Auca, el llanto de terror que nadie quiere escuchar

El terror del Páramo
Adrián Cárdenas
Adrián Cárdenas26 de noviembre de 2025
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En las noches heladas de la Sierra ecuatoriana, cuando el viento corta la piel y los cerros quedan en silencio absoluto, todos conocen una regla: si escuchas un bebé llorando, no te detengas. Ese llanto no es humano. Es el Guagua Auca, un espíritu que imita a un recién nacido para atraer a los desprevenidos. Su llanto es tan real que incluso los más duros sienten un escalofrío inmediato. Los ingenuos son los únicos que caen.

Una de las historias más fuertes ocurrió cerca de Quilotoa. Manuel, un arriero que volvía tarde a casa, escuchó un llanto agudo en la oscuridad, como si un bebé estuviera solo en el páramo. Intentó ignorarlo, pero el llanto se hizo tan fuerte que parecía sonar justo a su lado. Con el farol en la mano, vio una pequeña manta moviéndose al borde del camino. Pensó en su propia hija y, desobedeciendo todo instinto, decidió acercarse.

Dentro de la manta encontró un bebé morado por el frío, temblando, con los ojos cerrados. Sin pensarlo, lo levantó para calentarlo. Fue ahí cuando todo cambió. El llanto se apagó de golpe. El cuerpo del bebé empezó a pesar más y más, como si creciera en sus brazos. La piel se estiró, la manta se deformó, y un gruñido profundo reemplazó el llanto. Manuel intentó soltarlo, pero la criatura ya lo tenía sujeto del cuello con dos manos enormes, frías y huesudas.

EL LLANTO DE LA CRIATURA

Cuando levantó la cabeza, Manuel vio algo imposible: un rostro mitad humano, mitad bestia, con ojos hundidos y una sonrisa torcida que parecía disfrutar de su terror. El monstruo se lanzó sobre él, obligándolo a rodar por la pendiente. Manuel corrió sin mirar atrás. La criatura lo siguió gritando un chillido que no pertenecía a ninguna especie conocida. Solo se detuvo al borde de un barranco, como si una fuerza invisible la frenara allí. Manuel escapó de milagro, pero jamás volvió a caminar de noche. Él sabe lo que vio. Todos en el caserío lo saben también.

Los ancianos explican que el Guagua Auca es el espíritu de niños que murieron sin bautizo o sin ser reclamados. No buscan ayuda. No quieren refugio. Buscan arrastrar a alguien con ellos, alguien que los cargue como si fueran propios. Quien lo levanta, queda marcado. Y quienes desaparecen en esos caminos nunca son encontrados.

Algunos cuentan que el Guagua Auca puede cambiar de forma. No siempre aparece como bebé. A veces es solo una sombra pequeña que cruza el camino, otras veces una figura encorvada que se arrastra entre los pajonales. Un viajero aseguró haber visto unas manos diminutas asomarse desde una zanja, llamándolo por su nombre. Cuando se acercó, la criatura repetía su voz exacta, como si se burlara de él. Al encender la linterna, no vio un niño… sino una masa oscura que retrocedió a una velocidad imposible, dejando un rastro de aire helado detrás.

Hasta hoy, en las noches de neblina, muchos aseguran escuchar ese llanto. Los perros ladran desesperados. Las mulas se niegan a avanzar. Los viajeros aceleran el paso y evitan mirar hacia los costados. Porque todos saben la verdad:

No es un bebé, no está abandonado, y si te acercas… no vuelves.

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