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El inmigrante pobre que creó Whatsapp

Jan Koum creo una de las aplicaciones más poderosas del planeta

El inmigrante pobre que creó Whatsapp
Adrián Cárdenas
Adrián Cárdenas10 de diciembre de 2025
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Un joven marcado por la escasez, el exilio y el rechazo terminó cambiando la comunicación mundial.

En 2009, un programador desconocido llamado Jan Koum creó una aplicación que parecía insignificante: un sistema sencillo para enviar mensajes desde el teléfono sin pagar SMS. Nadie imaginó que aquella idea —más necesidad que ambición— iba a transformar la comunicación escrita y a borrar de golpe años de dependencia de los mensajes de texto tradicionales. Así nació WhatsApp: no como un invento grandioso, sino como una solución humilde diseñada por un hombre acostumbrado a vivir con poco.

Koum había crecido en Kiev, en una familia que sobrevivía como podía dentro de un país marcado por la escasez y el control estatal. Desde niño conoció el frío, las largas filas para conseguir comida y la sensación de que cualquier conversación podía ser escuchada por el gobierno. Esa desconfianza permanente moldeó su carácter y, sin saberlo, inspiraría más tarde una de las apps más enfocadas en la privacidad.

Tenía 16 años cuando emigró con su madre a Estados Unidos persiguiendo la idea de un futuro distinto. Lo que encontraron, sin embargo, fue otra forma de pobreza: cupones de comida, trabajos de limpieza y un pequeño departamento donde cada dólar contaba. Koum aprendió a reparar aparatos recogidos de la basura y a dar clases de matemáticas para sobrevivir. Su adolescencia fue una cadena de pérdidas: su padre nunca logró emigrar y falleció lejos de él; su madre murió de cáncer años después. El joven quedó completamente solo.

Su refugio fue la biblioteca pública de Mountain View. Allí, sin computadora propia, devoró libros de programación hasta entender cómo escribir código. Entre estantes silenciosos, forjó una promesa que marcó su vida: “Algún día crearé algo que haga las cosas más simples.”

En 2007 pidió empleo en Facebook y fue rechazado. También en Twitter. Antes, Yahoo le había dado su primera oportunidad como ingeniero, donde conoció a Brian Acton, su futuro socio y amigo incondicional. Tras renunciar a Yahoo, ambos intentaron entrar juntos a Facebook… y volvieron a recibir un “no”. La vida parecía empeñada en cerrarle todas las puertas.

Hasta que un día, casi por impulso, Koum compró un iPhone.

Ese pequeño dispositivo lo enfrentó con una revelación: las aplicaciones iban a convertirse en el nuevo centro de la comunicación humana. Vio lo que nadie más veía: una forma de usar el número telefónico como llave universal para hablar con cualquier persona, en cualquier parte del mundo, sin pagar por cada mensaje.

Así nació WhatsApp.

Una aplicación minimalista, sin anuncios, sin adornos… pero con una idea poderosa: devolver la comunicación a su estado más puro.

Los inicios fueron un desastre. La app se caía, Apple restringía funciones y los usuarios no entendían su propósito. Koum estuvo tentado a abandonar, pero Brian Acton —quien había sido rechazado junto a él tantas veces— le insistió:
“No renuncies todavía. Este proyecto tiene alma.”

Acton aportó 250.000 dólares y se convirtió en cofundador. Esa inversión, y esa fe, cambiaron la historia.

En pocos meses, WhatsApp empezó a crecer silenciosamente. Primero miles, luego millones, luego países enteros adoptando la aplicación como si hubiera existido desde siempre. Para regiones pobres —donde cada SMS costaba dinero— WhatsApp fue un alivio inesperado. Koum, que sabía lo que era no tener un centavo, creó una herramienta gratuita que conectaba al mundo sin barreras económicas.

En 2014 llegó la escena que parecía escrita por un guionista: Facebook, la empresa que lo había rechazado dos veces, compró WhatsApp por 19.000 millones de dólares en una de las adquisiciones más grandes de la historia tecnológica. Koum firmó el acuerdo en un lugar simbólico: la puerta del edificio donde de adolescente recogía cupones de comida. Allí, donde alguna vez esperó ayuda para sobrevivir, firmó la venta de una de las apps más influyentes del planeta.

Hoy, Jan Koum es un ícono de la resiliencia moderna. No porque haya construido un imperio, sino porque convirtió la precariedad en visión y el silencio de una biblioteca pública en una herramienta que conecta a más de 2.000 millones de personas.

Su filosofía sigue siendo simple, casi austera, como su aplicación:

“La verdadera innovación nace cuando entiendes el valor de lo que no tienes.”

Una lección que, desde los pasillos fríos de Kiev hasta Silicon Valley, terminó cambiando la forma en que el planeta entero se comunica.

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