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Como hice mi billete

De vender tortillas en la calle a crear Rukito

Julio “Rukito” pasó de abrir su primer local con 1.200 dólares y un tarjetazo de su mamá a manejar varias marcas, una planta de producción y una reputación rodeada de amor y de hate.

De vender tortillas en la calle a crear Rukito
Adrián Cárdenas
Adrián Cárdenas8 de diciembre de 2025
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Julio Chang “Rukito” llegó muy puntual a los estudios de AZIRGO. Iba a participar en Círculo de Poder Podcast, panel donde conocemos las historias detrás de las mentes que lideran grandes empresas. El relato de Julio se destacó por su crudeza, su autenticidad y su obsesión por no romantizar el emprendimiento. Lo que comenzó con 1.200 dólares y un apodo escolar terminó convertido en una marca que hoy mueve mercado, hate, fidelidad y lecciones reales de negocio.

Un emprendedor nato

Desde niño, Julio nos cuenta que no le llamaba la atención la TV. “Yo no quería ver televisión, yo quería estar en la calle vendiendo tortillas de verde”, recuerda. A los cinco años ya se hacía su propio arroz con huevo frito y a los ocho vendía alfajores y jugos en el garaje familiar, aun cuando en casa no había necesidad económica. Ahí, entre ollas y cucharas, nació su gusto por la cocina y por “producir” algo propio.

Su idea inicial no fue el moro que hoy lo hizo famoso, sino una parrilla de hamburguesas que compró gracias a unas clases de box que daba. Mientras probaba recetas, se dio cuenta de que Guayaquil estaba saturada de hamburgueserías y decidió apuntar a la comida que, según él, nació cuando “la gente estaba jodida”: el moro.

Inspirado en los sabores de su madre, oriunda de Vinces, creó un moro casero con un detalle que lo distingue: “Es el único moro que tiene pimiento…” y continúa: “…y conseguir que el pimiento no se dañe tan rápido en Guayaquil es un problema”, admite.

El nombre de la marca salió de un apodo escolar. “A mí me decían Rukito Chan; primero era full bullying y después se les pasó”, cuenta entre risas. Un día decidió que si el negocio no pegaba, al menos el garaje quedaba “para chupar con los panas”, y el letrero de Rukito ya estaría puesto.

El logo de Rukito tampoco tuvo una gran estrategia detrás: lo hizo su hermana “bajando algo de Google”. “El logo está chueco, si tú lo ves bien está mal hecho… y así se quedó, registrado y todo”, dice, casi orgulloso.

Con el tiempo llegaron más locales, la planta de producción y, con ellos, la necesidad de profesionalizarse. Para Julio, la clave fue la estandarización. Recuerda una frase de Andrés Crespo que se le quedó grabada: “No hay nada que le enorgullezca más a un guayaco que decir: ‘ese restaurante ya cambió’”. Ese miedo a perder calidad lo llevó a montar una planta que hoy procesa alimentos para sus propios locales y también para otras marcas: un corazón invisible del negocio que, como reconoce, “cuesta más que un restaurante”.

En redes, su figura ha crecido a la par de la marca, y con eso también el hate. Julio no se victimiza: “Hay que darle de comer al hate”, dice. Lee las críticas, revisa si son reales y, si puede corregir algo, lo hace. Lo que no tolera es el insulto vacío: “Dime qué está mal para corregirlo; si solo escribes ‘es una porquería’, no me aportas nada, ñaño”. Muchas veces, cuando responde a un hater por mensajes, termina comiendo con él y ganando un cliente fiel.

Le cayó el ARCSA

El golpe más duro vino cuando un funcionario de la Agencia Nacional de Regulación, Control y Vigilancia Sanitaria (ARCSA) llegó en hora pico y encontró algo desagradable. Este episodio estuvo a punto de destruir su reputación. Julio lo cuenta sin maquillarlo: “Eso me puede pasar a mí como a cualquiera; se llama control de plagas, no exterminación”. Su esposa lloró al ver el video, pero él decidió afrontarlo de frente, explicar el proceso y convertir el escándalo en una lección pública sobre inocuidad. Paradójicamente, aquel hate masivo también ayudó a que más gente conociera la marca.

Julio insiste en que cada local debe tener algo que no se compra con dinero: “El local tiene que tener alma, que se sienta humano. Tú entras y sabes cuándo hay solo empresarios metiendo billete y cuándo hay alguien que la está luchando atrás”. Haber sido mesero le marcó la mirada sobre el trato al personal y sobre las jornadas de cocina que tradicionalmente superan las 12 o 14 horas. Hoy intenta manejar horarios más justos y admite sin pudor: “Yo de leyes laborales no sé nada, por eso tengo a alguien que solo ve eso; esa no es mi puerta”.

Sobre el crecimiento, es tajante. No cree en el cuento romántico del emprendedor que todo lo puede. “Yo nunca romantizo el emprendimiento, sé lo duro que es esta nota. Más de un año sin dormir, sacrificando cosas para que salga a flote”, confiesa. Por eso dice que cada quien debe medir su realidad: no es lo mismo emprender con hijos que sin ellos, ni con un solo local que manejando una cadena.

No nado en billete

La parte financiera también la baja del pedestal. “La gente debe pensar que nado en una piscina de billetes y no saben la deuda”, suelta con honestidad. Recuerda que abrió el primer Rukito con 1.200 dólares: “Eran 500 de mis puchos, 700 ahorrados y un tarjetazo de mi madre”. Hoy tiene varios locales, otras marcas como Prego y un vino con etiqueta propia, pero asegura que el crédito sigue siendo parte del juego: “Antes le tenía miedo a la deuda; ahora digo: deuda me cubre hasta las n4lg4s”.

De cara al futuro, su foco está claro: mantener la calidad sin importar en qué ciudad esté el cliente. Sueña con abrir en Quito y, si se da, salir del país. Mientras tanto, sigue visitando cocinas, probando su propia comida y defendiendo una idea: el mercado es lo suficientemente grande para todos. “Que vendan todos; mientras más se mueve la economía, más gente hay en la calle consumiendo. El moro es sencillo, cada quien le pone su toque. Lo que no voy a permitir es dejar de ser Rukito”, concluye.

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