Netflix y Paramount pelean por control de Warner Bros.
Hollywood en Guerra

Una batalla corporativa sin precedentes expone tensiones políticas, temores de la industria y un posible reordenamiento del poder en el entretenimiento global.
Netflix sacudió a Hollywood al anunciar la compra de Warner Bros. por 82.700 millones de dólares, un movimiento que tomó por sorpresa a estudios, ejecutivos y sindicatos. El gigante del streaming adquiría así las divisiones más valiosas del emblemático estudio, incluidas Warner Bros. Pictures y HBO, consolidando un control sin precedentes sobre contenido premium y marcas históricas del audiovisual. Pero la noticia apenas inauguró un conflicto mayor.
El interés por Warner no era exclusivo de Netflix. David Ellison, al frente de Paramount Skydance tras absorber Paramount meses atrás, llevaba tiempo planeando sumar Warner Bros. Discovery a su imperio mediático. Su objetivo era integrar no solo el estudio cinematográfico, sino también su división televisiva, incluida CNN, una pieza codiciada por su peso mediático y político. Cuando Netflix se adelantó, Ellison decidió contraatacar.
Paramount lanza sus mejores golpes
El golpe llegó días después: Paramount anunció públicamente que quiere comprar Wagner Bros. por 108.400 millones de dólares, una oferta muy superior destinada a presionar a los accionistas de Warner y a generar dudas sobre el impacto que tendría el dominio de Netflix en el sector. La maniobra no solo reactivó la puja, sino que encendió la oposición de sindicatos, exhibidores y creativos, que ven en Netflix una amenaza a las “ventanas tradicionales” del cine.
La industria teme que, bajo el control de Netflix, Warner acelere el tránsito directo de salas a streaming, reduciendo la presencia en cines y desplazando modelos históricos de distribución. El Sindicato de Directores —encabezado por Christopher Nolan—, SAG-AFTRA y el gremio de guionistas expresaron su rechazo inmediato. Para ellos, la compra podría consolidar un poder desmedido en una sola empresa y alterar estructuras laborales ya golpeadas por años de crisis.
La batalla corporativa pronto se volvió política. Donald Trump, consultado sobre el acuerdo, advirtió que la cuota de mercado de Netflix “podría ser un problema”, dejando entrever posibles bloqueos regulatorios. Pero el escenario tomó un giro todavía más complejo cuando se reveló el papel de su yerno, Jared Kushner, como figura clave en un fondo con participación significativa en Paramount.
Según reveló The Wall Street Journal, Paramount insinuó a la Casa Blanca que, si su oferta ganaba, pondría bajo su control a CNN y llevaría adelante “cambios radicales” para neutralizar la línea editorial crítica hacia la administración Trump. De pronto, la puja dejó de ser solo económica: se convirtió en un tablero donde se jugaban intereses mediáticos y estratégicos de la política estadounidense.
Netflix se defiende
Netflix, por su parte, defendió el acuerdo. Ted Sarandos aseguró que Warner mantendría sus estrenos en salas y negó cualquier plan de reducir puestos de trabajo. “No compramos esta empresa para destruir valor”, afirmó, insistiendo en que la exhibición cinematográfica seguiría funcionando igual que antes. Pero las garantías no apaciguaron los temores de una industria que lleva años resistiendo el avance del streaming.
La oferta de Paramount, sin embargo, enfrenta un obstáculo significativo: si Warner decide romper el acuerdo previo, deberá pagar una indemnización de más de 3.000 millones de dólares a Netflix. Aun así, para los accionistas, la diferencia económica entre ambas propuestas —más de 25.000 millones— no puede ser ignorada, especialmente en un conglomerado debilitado por deudas.
La decisión final quedará en manos de los accionistas de Warner Bros. Discovery el 8 de enero, fecha límite para escoger entre el modelo agresivo de expansión de Netflix o la promesa de Paramount de preservar el ecosistema tradicional de Hollywood. El resultado podría redefinir no solo el futuro del estudio, sino también el equilibrio de poder en la industria global del entretenimiento.
En una época marcada por la fragmentación del streaming, la caída del box office y la revolución de la inteligencia artificial, la disputa por Warner no es solo una transacción financiera. Es un punto de quiebre que determina quién narrará, financiará y distribuirá las historias del futuro.
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