“El Gran Diluvio”: el apocalipsis que encierra el fin del mundo en un edificio
La nueva película surcoreana de Netflix arranca como un thriller de supervivencia comprimido en un edificio que se inunda.

La nueva película surcoreana de Netflix arranca como un thriller de supervivencia comprimido en un edificio que se inunda, pero su verdadero riesgo —y su mayor motivo de debate— aparece cuando decide cambiar de piel a mitad del recorrido sin avisar.
La primera virtud de El Gran Diluvio es su inteligencia de escala: promete un cataclismo planetario, pero lo cuenta como si el mundo cupiera en un bloque de apartamentos. Esa decisión, lejos de achicarla, la vuelve más tensa. El agua no es un fondo: es un enemigo que no negocia, que avanza por gravedad y convierte cada pasillo en una cuenta regresiva.
La segunda virtud es puramente cinematográfica: la película sabe cómo fabricar urgencia con lo cotidiano. Subir escaleras, cargar a un niño, forzar una puerta, calcular un salto, aguantar la respiración. En sus mejores minutos, el film parece diseñado para que el espectador sienta el pecho apretado, con secuencias de peligro físico que varios críticos han descrito como efectivas y sostenidas por oficio.
Lo que funciona: pulso, encierro, rostro humano
El centro emocional, además, está bien elegido. Kim Da-mi sostiene la película desde la mirada de una madre que no tiene tiempo para discursos: su prioridad es su hijo, punto. Esa simpleza —casi brutal— le da al relato una columna vertebral. Incluso quienes han sido duros con el guion reconocen que la protagonista mantiene la atención cuando el film amenaza con dispersarse.
También ayuda Park Hae-soo como presencia áspera y ambigua: no llega como héroe clásico, sino como alguien con una misión demasiado precisa en un contexto donde todos deberían estar improvisando. Ese contraste alimenta el suspenso sin necesidad de explicarlo todo. El edificio se siente como un tablero: cada piso es un nuevo problema, cada decisión abre un riesgo distinto.
Lo que divide: el “giro” y el precio de la ambición
El punto de quiebre —y aquí conviene no saber demasiado— es que El Gran Diluvio no se conforma con ser cine catástrofe. A mitad de camino, hace un cambio hacia una ciencia ficción más oscura y conceptual. Para algunos medios, ese cambio es lo más estimulante: una película que se atreve a mutar y a discutir, por debajo del agua, cómo se fabrican hoy los relatos y qué significa “humanidad” cuando la tecnología ya mete mano en la memoria y en la identidad.
Para otros, ese mismo salto es su herida: el relato se vuelve enredado, el suspense se reemplaza por explicaciones y la emoción pierde oxígeno. La crítica y el público han coincidido bastante en una palabra: confusión. No porque la película sea “difícil” en el buen sentido, sino porque su ambición parece mayor que su claridad narrativa.
La gran debilidad: personajes al servicio de la premisa
Hay otro problema más silencioso: cuando una película apuesta por el impacto de la idea, corre el riesgo de usar a la gente como piezas. Aquí ocurre por momentos. El film introduce figuras alrededor del caos, pero no siempre les da espesor suficiente para que sus decisiones pesen. Y cuando el verosímil se estira —con giros, coincidencias y soluciones que aparecen “justo a tiempo”— el espectador puede dejar de temer por los personajes y empezar a notar la maquinaria.
Aun así, sería injusto llamarla fallida sin matices. Tiene músculo visual, sentido del ritmo en su tramo más físico y una idea central que, incluso cuando tropieza, es lo bastante provocadora para quedarse dando vueltas después del final. El Gran Diluvio se disfruta más si entras con una expectativa precisa: no esperes una obra redonda; espera un viaje intenso que empieza con el agua en los tobillos y, cuando menos lo piensas, está intentando llevarte a un lugar completamente distinto.
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