El Dr. que descendió a los infiernos del alcoholismo
Un relato del Dr. Bob, Co-fundador de Alcohólicos Anónimos.

El relato íntimo de un médico brillante que descendió a los infiernos del alcoholismo y encontró, en la rendición y el servicio, la verdadera libertad. La historia del hombre que transformó su propia ruina en esperanza para millones.
El doctor Bob nació en un pequeño y moralista pueblo de Nueva Inglaterra, donde la severidad religiosa marcaba el ritmo de la vida cotidiana. Allí creció rodeado de iglesias, escuelas y un ambiente donde el alcohol era casi inexistente. Su padre, un profesional muy respetado, y su madre, igual de aguda e inteligente, dedicaban gran parte de su vida a la iglesia. Desde niño fue obligado a participar en servicios, doctrinas y reuniones religiosas, lo cual generó en él un rechazo profundo: cuando logró independencia prometió no volver a pisar una iglesia. Esa resolución lo acompañó por cuarenta años.
En la adolescencia y la universidad, el ambiente parecía ofrecerle un respiro de aquella rígida educación. Ingresó a una de las mejores instituciones del país, donde beber era casi una actividad académica paralela. Al principio lo hacía por diversión, sin consecuencias visibles; nunca sufrió dolores de cabeza y parecía recuperarse mejor que sus compañeros. Esa aparente ventaja le dio una peligrosa confianza: creyó que podía beber sin límites. Su vida comenzó a girar en torno a satisfacer solo sus propios deseos, sin importar derechos ni sentimientos de los demás.
Tras graduarse trabajó en Boston, Chicago y Montreal. Vivió sin mayores tropiezos aparentes, salvo por un temblor matutino que empezaba a asomarse. Aun así, bebía todo lo que su bolsillo le permitía. Luego ingresó a estudiar medicina, convencido de que podía manejar ambas vidas: la del estudiante brillante y la del bebedor disciplinado. No tardó en descubrir que su cuerpo ya no respondía igual. Los temblores eran tan intensos que muchas mañanas no podía sostener un lápiz. Aun así, sometió su futuro académico al alcohol.
Consiguió un internado prestigioso y, al mantenerse ocupado, logró controlarse por un tiempo. Sin embargo, al abrir su consultorio y disponer de tiempo libre y algo de dinero, las viejas costumbres regresaron. Descubrió que el alcohol aliviaba temporalmente los dolores estomacales y, sin darse cuenta, volvió a la espiral que lo erosionaba por dentro. Intentó ingresar por voluntad propia a sanatorios, pero robaba alcohol o pedía que se lo llevaran a escondidas; cada intento de recuperación lo hundía más.
Durante quince años vivió entre escondites y engaños. Ocultó botellas en la carbonera, entre la ropa sucia, en los muebles, en los calcetines. Su esposa lo descubría una y otra vez, pero él inventaba nuevos refugios. Los amigos se alejaron; nadie quería invitar a un hombre que arruinaba cada reunión. Su vida familiar se fue desgastando, pero su esposa, inexplicablemente, mantuvo la fe incluso cuando él ya no tenía ninguna. Ella se convirtió en su único sostén emocional durante los años más oscuros.
En medio de esa miseria, intentó “el experimento de la cerveza”, convencido de que beber un licor “más suave” lo salvaría. Llenó el sótano de botellas y terminó consumiendo caja y media diaria. Ganó treinta libras, perdió la respiración y finalmente reforzó la cerveza con alcohol puro, empeorando su estado. Era una vida absurda, repetitiva: beber, temblar, mentir, prometer, fallar. Un ciclo que parecía predestinado a terminar en la muerte.
Todo cambió cuando conoció a un hombre que hablaba su idioma: otro alcohólico que se había recuperado por medios espirituales. No le ofreció sermones ni terapias milagrosas, sino comprensión total. Por primera vez en su vida, Bob habló con alguien que sabía exactamente qué se siente perder el control, temer a la sobriedad y vivir pendiente de la próxima copa. Esa conexión, simple y humana, abrió una grieta en la muralla de su alcoholismo.
Tras varias conversaciones, dejó de beber. Pasó por una recaída devastadora en Atlantic City, pero esa caída fue la última. El 10 de junio de 1935 tomó su última copa. A partir de ese día construyó una nueva vida. Su salud mejoró, recuperó el respeto de sus colegas y reconstruyó su hogar. Dedicó su tiempo a ayudar a otros alcohólicos, contando su historia sin vergüenza ni adornos, convirtiendo su miseria pasada en herramienta de esperanza.
El Doctor Bob moriría en 1950, pero no sin antes llevar el mensaje de recuperación a miles de personas. Sirvió sin cobrar nunca un centavo, junto con la Hermana Ignacia, quien apoyó silenciosamente su misión en el Hospital Santo Tomás. Su legado no es solo la cofundación de Alcohólicos Anónimos, sino la prueba viviente de que la derrota puede convertirse en servicio, y el sufrimiento, en un camino de liberación.
En sus propias palabras, dejó un mensaje para quienes aún dudan: si crees que puedes hacerlo solo, este libro no es para ti. Pero si de verdad deseas dejar de beber y estás dispuesto a intentarlo con la misma fuerza con que antes luchabas por obtener una copa, hay una solución.
Nunca estarás solo. Tu Padre Celestial no te abandonará.
Co-fundador de Alcohólicos Anónimos. El nacimiento de Alcohólicos Anónimos data del primer día de su sobriedad permanente: el 10 de junio de 1935. Hasta 1950, año en que falleció, llevó el mensaje de A.A. a más de 5,000 hombres y mujeres alcohólicos, y prestó a todos ellos sus servicios sin pensar en cobrar.
Sobre el autor
Editor de Noticias